Guión Adaptado #1 Colores, elefantes y fiambreras.

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Adaptar al audiovisual un texto literario no es tanto hacer una transposición morfológica del contenido como canalizar en una obra -original y nueva- la energía impresa en el papel hasta trasvasarla a la pantalla. Sé que es abstracción pura, pero si imaginamos esta energía en una gama cromática, un libro que al leerlo enciende una bombilla de color violeta, al trasmutarse en película debe encender una bombilla de color violeta. A mi modo de ver esta es la ley principal de toda adaptación, que la energía no cambie de color en el trasvase.

El color de la energía que resulta del total de la obra de partida es el color de la esencia concentrada de sus partes, del todo y el uno. Por tanto es muy temerario iniciar el análisis previo a la adaptación cinematográfica o televisiva de una obra literaria pensando qué episodios, personajes, tramas o escenarios vamos a arrancarle para reducir el tiempo de exposición hasta encajar en los estándares de los 90-120 minutos.

Decididamente trabajar de esa manera no es hacer una adaptación si no practicar una mutilación irresponsable y salvaje sobre la obra de origen. Un elefante no cabe en una maleta, y si tu idea es desmembrarlo para que al menos algo quepa, no solo continuará sin entrar si no que dejará de ser un elefante para convertirse en los restos fúnebres de un cadáver despiezado, y la maleta dejará de ser tal para trasmutarse en una fiambrera.

Los medios y materiales comunicativos son diferentes en la literatura y en el cine pero el cerebro que al otro lado recibe el mensaje es el mismo para ambos lenguajes, por lo tanto el “punto de ataque” se dirige al mismo objetivo: Conmover, emocionar, sorprender, instruir y llevar a estados reflexivos de conciencia a un único cerebro humano que queremos iluminar en una tonalidad concreta.

Al descomponer el color encontraremos los valores que lo determinan, llamados tono y saturación, y debajo de ellos la información lumínica, lo que comúnmente se denomina brillo en el setup de nuestros televisores. Estos valores existen también, aunque de otra forma, en el libro. Lo que el cine es visual en la literatura es psicológico. Un tono moderadamente (este adjetivo correspondería al grado de saturación del tono) onírico en una narración lúgubre (brillo) constituye un paquete conceptual perfectamente exportable de un formato a otro, sea cual sea, del cómic a la serie de Tv, del largometraje a la novela, de la serie de animación al libreto teatral…

Todas las imágenes, las visuales, las sonoras, las psicológicas, las intelectuales están compuestas de los mismos átomos y estos son maleables, su capacidad para transformarse y vibrar en concordancia con la frecuencia que exige cada formato particular (cine, tv, novela, libreto, poema, pintura…) es absoluta, pero en esa propiedad reside precisamente el reto más grande para la destreza del adaptador.

Daniel Fernández Aguilar

Lo que sea…pero que no me haga pensar

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Cansado, disminuido de fuerzas, de reflejos y con la actividad sináptica ya en piloto automático. En un estado de “servicios mínimos” de pensamiento, con escasez de recursos para apuntalar el desplome de unos párpados que no dan más de sí y exigen una reparación urgente. Cuerpo recostado o en tendido supino, flujos sanguineos concentrados en los procesos gástricos y la necesidad psicológica de olvidar por un rato ese problema familiar, laboral o económico (o todos juntos y superpuestos) que te percute el tarro desde que abres el ojo.

Estas son las condiciones en las que nuestro espectador medio recibe el producto diseñado para el prime time, y desde luego no es algo que los creativos tengamos que tomar por anecdótico, ni siquiera como algo secundario en el momento de aplicar nuestras ideas y elaborar nuestras propuestas. Si se trata de vender un proyecto destinado al gran público, no  se debe dar un paso sin pensar, conocer y comprender al gran público y sus circunstancias. Las cadenas lo saben, las productoras también, y los que pagan más que ninguno. Si tu no lo sabes, lo tienes que aprender.

Nosotros, al otro lado, queremos desbocar nuestra energía creativa proponiendo temáticas elevadas, conflictos profundos y desarrollos complejos,  somos los genios del ingenio, queremos nuestro aplauso y que todo el mundo se quede boquiabierto ante nuestra imaginación y dominio del medio. Es entonces cuando quien produce te manda dar cien vueltas a la manzana al sprint para que cuando vuelvas jadeando y más sereno entiendas dos cosas:

Primera. Con la barriga llena y medio pie en la piltra la gente no tiene interés ninguno por arreglar el mundo ni por investigar en la esencia trascendental del ser humano a través del espacio-tiempo.

Segunda. Con la barriga llena y medio pie en la piltra la gente quiere ver a otra gente cantar tonadillas melódicas ante un jurado chisposo, topicomedias costumbristas para toda la familia, infalibles polis inefables descubriendo quién asesino a otro quien, o melodramas con clase de belleza y poder. Y ya.

Como no hay dos sin tres, esta es la tercera que tienes que entender: No puedes hacer nada para cambiarlo porque implicaría cambiarlo todo. Es un “contingencia sistémica”. Después de 12 horas dando el callo con una chepa de preocupaciones doblándole la espina, nuestro espectador medio a las 10 de la noche ni quiere ni puede con otra cosa que no sea un entretenimiento como los anteriormente descritos. Diremos que es que “En España la gente… bla, bla”, que sí “Incultura general, bla, bla”, y seguiremos hablando así hasta que queramos entender que respecto al prime time televisivo, la eterna disyuntiva “tenemos lo que queremos o lo que quieren que queramos” se resuelve por una tercera vía: Nos dan lo que el cerebro colectivo es capaz de soportar en condiciones de agotamiento. Y nos gusta, porque aunque sea con la aviesa (y única, verdadera y esencial) intención de captarnos como clientes de productos que no necesitamos, lo hacen pensando en nosotros y eso siempre es agradable…

Por supuesto que hay otro espectador, de reciente constitución pero bien definido, que se ha desvinculado de la programación con fecha y hora, y consume productos seleccionados bajo su voluntad. Este público es exigente, muchas veces nos busca en plenitud de sus fuerzas intelectuales y quiere frotarse con nuestro producto hasta quedar saciado, y en ocasiones -atracones maratonianos de temporadas completas sin levantarse del sofá- hasta llegar a los límite de la extenuación.

Pero esa ya es otra historia…

Daniel Fernández Aguilar